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Las sillas geniales

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Un lugar para conversar, alternar, conocer.

Vincent Van Gogh es el pintor favorito de un gran porcentaje de artistas plásticos quienes lo tienen en la más alta estima, debido a su aporte a la pintura moderna, por su brillante tratamiento del color y texturas y los temas que desarrolló. Además del notorio ejemplo de vocación que significa que a pesar de la vida atormentada y de sufrimiento que tuvo, siempre lindante con la pobreza y la locura, desarrolló una de las más grandes obras de la pintura universal.

Debido a que carecía de formación formal y que no pintaba al estilo clásico del Salón de Paris, sus maestros le dijeron que no podría ser artista porque no sabía ni pintar ni dibujar (Si esos maestros vivieran ahora…) Probablemente el hecho de ser autodidacta fue lo que le dio la oportunidad de crear su propio estilo y técnica, sin preconcepciones teóricas ni estéticas. Hecho que él mismo manifestó en la larga correspondencia epistolar que mantuvo con su hermano y mecenas Theo, la relación personal más profunda en su vida. (Si lo prefieren hay una película sobre el tema con Tim Roth como Van Gogh y dirigida por Robert Altman)

Entre sus muchos cuadros celebérrimos figuran dos que han sido muy estudiados y comparados desde diferentes disciplinas, incluido el humilde ensayo de mis épocas de estudiante universitaria que fue calificado con nota 20, gracias por supuesto a la genialidad de Van Gogh. Se trata de las sillas, la silla de Van Gogh, hoy en la National Gallery de Londres y  la silla de Paul Gauguin, exhibida en el Museo Van Gogh de Amsterdam.

Después de una larga espera y preparación, en octubre de 1888 se concreta la llegada de Gauguin a Arles donde según su utópico proyecto, iniciarían una colonia de artistas en la casa amarilla. Con ese objeto pintó varios cuadros de girasoles para decorar el lugar y compró muebles, entre ellos sillas para ambos, sin embargo la convivencia de pocos meses no fue todo lo maravillosa que había esperado y en un rapto de inspiración, a manera de catarsis y de expiar los demonios de esa amistad tormentosa, pintó ambos cuadros donde transmite de manera muy intensa sus enormes diferencias de carácter, personalidad y manera de afrontar la vida.

Van Gogh pensaba que un objeto, propiedad de alguien, reflejaba la personalidad y detalles del dueño y que a través de plasmar en tela el objeto se hacía un retrato de esa persona. La silla de Gauguin es cómoda, mullida, con brazos. Sus colores son intensos y sombríos, rojos y verdes brillantes, iluminados por la luz artificial de una vela y un lamparín. Sobre ella hay un par de libros  y está colocada sobre una alfombra con diseños florales. Es una silla nocturna. De hecho demuestra la personalidad fuerte, egoista y egocéntrica de Gauguin así como su sensualidad y exotismo. La silla de Van Gogh es simple, tosca y diurna por sus colores claros y terrosos y su luz natural. Una maltratada silla de cocina hecha de madera burda y paja amarilla sobre la cuál se observa un papel arrugado, una pipa y tabaco, que Van Gogh fumaba porque Charles Dickens lo recomienda como cura para la melancolía. En esta pintura se refleja su naturaleza solitaria y triste, su personalidad agresiva y culposa y su dura vida, la cual el mismo terminaría unos meses después, el 29 de julio de 1890 para ser más exactos.

Al igual que Vincent y Paul, cada persona tiene la silla que la vida le ha deparado o la que ha escogido para si. Somos como la silla que nos gusta y usamos la que más nos acomoda. Esta puede ser minimalista, barroca, moderna, clásica, funcional, complicada, fea, estilizada, incómoda, dura. No importa, es tu silla; así que úsala y disfrútala… aunque tal vez la silla de tu vecino te parezca mejor. Pero no hay nada peor que no te ofrezcan una silla para sentarte cuando llegas a un lugar, es una simple cortesía porque una silla te invita a descansar, a estar cómodo, aunque sea en los pasadizos del poder judicial.

Alrededor de humildes bancos de madera se puede armar la tertulia más animada e intelectual, en sofás de diseñador se puede compartir la más grande amistad y en pomposas poltronas estilo Luis XV podemos contar los más terribles secretos. La idea es compartir y estar cómodos.

Si te gusta, pasa y siéntate, estás invitado.

Algo más porque Van Gogh es para verlo.